Conectando el hoy con las promesas del mañana, construyendo puentes entre la tecnología actual y las innovaciones que definirán nuestro futuro.

Sígueme

© 2025. Hernán Rodríguez

Hernán Rodríguez - Santander40

Santander40: la IA ya es política económica

He pasado buena parte de la última semana en Santander, siguiendo el 40.º Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones de AMETIC. Si habéis visto los vídeos que he ido publicando desde allí, ya sabéis que fueron tres días bastante intensos.

Y, después de ordenar notas, discursos y conversaciones, hay algo que me parece más interesante que cualquier anuncio concreto.

Santander40 empezó hablando de competitividad y terminó hablando de un nuevo contrato social para la inteligencia artificial.

Entre medias aparecieron centros de datos, pymes, soberanía tecnológica, productividad, industria, energía, espacio, financiación, datos y hasta la capacidad de Europa para decidir qué tecnología quiere comprar.

Puede parecer una lista demasiado amplia. En realidad, creo que todas esas conversaciones forman parte de la misma historia.

El problema ya no es digitalizar España

Francisco Hortigüela abrió el encuentro con una frase bastante menos complaciente de lo habitual en este tipo de citas: «Para mantener el actual estado de bienestar es necesario que mejoremos en competitividad, una competitividad que tanto Europa como España hemos perdido en las últimas décadas».

Francisco Hortigüela, presidente de AMETIC
Francisco Hortigüela, presidente de AMETIC

Ese diagnóstico fue importante porque cambió el punto de partida.

Durante años hemos medido la transformación digital contando redes desplegadas, empresas digitalizadas, ayudas concedidas o servicios públicos trasladados a internet. Todo eso sigue importando, pero empieza a resultar insuficiente.

España dispone hoy de una infraestructura digital considerable. El problema es convertirla en productividad, crecimiento empresarial y capacidad tecnológica propia.

Ese fue precisamente el hilo que seguimos en nuestra crónica de la apertura de Santander40.
AMETIC ha puesto además números a sus ambiciones para los próximos años: quiere que el 75% de las empresas utilice cloud, inteligencia artificial y big data, que el 90% de las pymes alcance al menos una madurez digital básica y que se duplique el número de startups y scaleups de alto crecimiento.

El matiz está en que utilizar tecnología y obtener una ventaja económica de ella son cosas distintas.

Óscar López lo formuló de una manera bastante directa: «La productividad no cambia solo porque aparece una tecnología nueva, cambia cuando esa tecnología es útil, se democratiza y llega a todos, también a las pymes y no solo a las grandes empresas».

Óscar López
 Óscar López

Me parece una frase especialmente útil para entender dónde estamos.

El Gobierno sigue poniendo dinero encima de la mesa. Las convocatorias RedIA y RedIA Salud movilizarán 180 millones de euros para 372 proyectos de inteligencia artificial. RedIA financiará 300 proyectos, siete de cada diez promovidos por pymes innovadoras, y RedIA Salud otros 72.

Pero empiezan a cambiar las preguntas.

Después de varios años en los que el éxito podía explicarse por el volumen de fondos movilizados, ahora habrá que mirar cuántas empresas venden más, producen mejor, reducen costes, desarrollan propiedad intelectual o consiguen crecer gracias a esas inversiones.
Es una vara de medir bastante más exigente.

De comprar IA a construir capacidad

Otra expresión se repitió mucho en Santander: soberanía tecnológica.

Es fácil convertirla en un concepto abstracto. María González Veracruz le dio una formulación que me parece bastante más concreta al definir la inteligencia artificial como una «infraestructura de país».

La comparación importa.

Si la IA se parece cada vez más a la electricidad, las telecomunicaciones o las carreteras, disponer simplemente de acceso comercial a ChatGPT, Gemini, Claude o cualquier otro servicio deja de ser suficiente. Hay que preguntarse dónde están los centros de datos, quién controla los modelos, qué empresas poseen la infraestructura, dónde están los chips, quién dispone de los datos y qué ocurre cuando alguno de esos recursos deja de estar disponible.

Por eso España está intentando ampliar su capacidad de computación, participa en las fábricas europeas de IA y aspira a albergar una de las primeras gigafactorías europeas, una instalación cuya inversión podría superar los 4.000 millones de euros.

Pero González Veracruz introdujo un matiz que me parece incluso más importante que construir infraestructura: hay que usarla.

«Es una infraestructura que no solo hay que medir por su potencia, su capacidad, sino sobre todo por cómo conseguimos que se incorpore, que se adopte», dijo en Santander.

Ahí vuelve a aparecer el mismo problema.

Podemos tener centros de datos, supercomputadores y modelos. Podemos movilizar miles de millones. Si las empresas españolas no consiguen utilizar esa capacidad para generar productos, mejorar procesos o crear compañías capaces de competir internacionalmente, una parte importante del valor terminará capturándose en otro sitio. Los números son buenos. La letra pequeña, bastante más interesante

El Barómetro de la Economía Digital 2026 que AMETIC presentó en Santander ayuda a poner dimensiones a todo esto.

La industria tecnológica digital española facturó 146.660 millones de euros en 2025, un 6,4% más. Es el quinto año consecutivo de crecimiento y un nuevo récord. El empleo directo alcanzó las 842.596 personas y las exportaciones TIC crecieron un 10,5%, hasta 28.552 millones.

Hasta aquí, una fotografía bastante positiva, pero hay varios datos que me parecen más reveladores.

España tiene 36.851 empresas tecnológicas digitales con asalariados. Solo un 0,4% más que el año anterior. Es decir, aumenta bastante la facturación y aumenta el empleo, pero prácticamente no aumenta el número de compañías.

Y las exportaciones baten récords mientras las importaciones TIC alcanzan también los 35.864 millones de euros. El déficit comercial tecnológico queda así en 7.312 millones y vuelve a crecer.

Es una buena ilustración de la paradoja que sobrevoló Santander.

España tiene un sector digital cada vez mayor y una economía cada vez más digitalizada, pero continúa dependiendo en muchas capas críticas de tecnología desarrollada fuera.

Podemos crecer mucho siendo clientes excelentes de tecnología extranjera. La cuestión es cuánto valor somos capaces de retener aquí.

Cuando la IA entra en una fábrica las cosas se complican

El segundo día apareció otro dato que ayuda a bajar toda esta discusión a tierra.
Jordi García Brustenga, secretario de Estado de Industria, situó alrededor del 17% el porcentaje de empresas industriales que utiliza inteligencia artificial. Para el conjunto de las empresas españolas, la cifra ronda el 21%.

¿Por qué la industria va por detrás? Su explicación fue sencilla: «Cada empresa, cada fábrica es un mundo». Y eso es importante porque desmonta una parte de la narrativa más fácil alrededor de la adopción de IA.

Instalar un copiloto en cientos de ordenadores puede hacerse relativamente rápido. Introducir inteligencia artificial en una línea industrial donde hay máquinas, sensores, materias primas, sistemas heredados, controles de calidad y procesos desarrollados durante décadas es otra historia.

En la segunda jornada de Santander40 vimos algunos ejemplos muy concretos: sistemas para clasificar materias primas en una harinera, controles de color en producción textil o diseño de módulos para construcción industrializada.

No son demos espectaculares. Son precisamente el tipo de aplicaciones que puede acabar determinando si toda la inversión que estamos haciendo en inteligencia artificial termina apareciendo algún día en las estadísticas de productividad.

Y aquí también hay una consecuencia para muchas empresas.

La ventaja probablemente estará menos en tener acceso al modelo más avanzado del mercado, porque ese acceso tenderá a generalizarse, y más en disponer de buenos datos, conocimiento del proceso, capacidad para integrar sistemas y organización suficiente para cambiar la forma de trabajar.

Eso es bastante menos vistoso que estrenar un chatbot. También es bastante más difícil de copiar.

El espacio también forma parte de esta conversación

Diana Morant abrió todavía más el plano.

Su intervención estaba dedicada al espacio, pero encajó sorprendentemente bien con buena parte de lo que se había discutido durante los días anteriores. «El espacio ya no es solo el lugar al que vamos, es una infraestructura desde la que hacemos funcionar la Tierra», resumió.

España aporta actualmente una media de 455 millones de euros anuales a la Agencia Espacial Europea, casi tres veces más que en 2018, mientras la industria espacial española crece por encima del 15% anual y facturó 1.500 millones de euros en 2025.

¿Por qué importa esto en un evento dedicado casi exclusivamente a inteligencia artificial?

Porque satélites, centros de datos, redes, energía, semiconductores e IA empiezan a compartir una característica: son infraestructuras sobre las que funciona una parte creciente de la economía y cuya concentración genera dependencias.

Morant recordó que alrededor de dos tercios de los aproximadamente 16.000 satélites que orbitan actualmente la Tierra pertenecen a una sola persona. Su argumento fue que la autonomía estratégica europea también se juega ahí.

Después de escuchar durante tres días hablar de soberanía, esa cifra resulta difícil de ignorar.

Y entonces llegó Carlos Cuerpo

La intervención que mejor reunió todas esas piezas llegó al final.

Carlos Cuerpo anunció que el Gobierno quiere impulsar un «gran pacto nacional» sobre inteligencia artificial, inicialmente mediante un acuerdo tripartito con patronal y sindicatos y posteriormente incorporando a empresas, expertos, científicos, sociedad civil y otros ámbitos.
Hasta aquí podría parecer otro gran acuerdo político alrededor de una tecnología de moda.

Carlos Cuerpo
Carlos Cuerpo

Lo interesante está en las materias que Cuerpo quiere meter dentro.

Empleo. Fiscalidad. Regulación. Derechos digitales. Protección de menores. Formación. Inversión. Investigación. Soberanía de las infraestructuras. Adaptación empresarial. Es una lista reveladora porque coloca a la IA fuera del perímetro tradicional de la política tecnológica.

Cuerpo habló literalmente de construir un «nuevo contrato social» alrededor de la inteligencia artificial. Y articuló su intervención alrededor de tres cuestiones que, para mí, resumen bastante bien lo que escuchamos durante todo Santander40.

  • Quién controla la tecnología.
  • Quién captura las ganancias que genera.
  • Y cuánto tiempo tendremos para adaptarnos.

La segunda pregunta probablemente sea la menos discutida y la más importante.

Imaginemos que la inteligencia artificial eleva considerablemente la productividad durante la próxima década. La cifra agregada nos dirá relativamente poco sobre sus consecuencias reales.

Habrá que saber qué parte de esa productividad captura la empresa que desarrolla el modelo, qué parte se queda el proveedor de infraestructura, qué parte obtiene la compañía que utiliza la tecnología, cuánto llega al trabajador y cuánto termina trasladándose a precios, salarios, beneficios o impuestos.

También habrá que mirar qué empresas pueden adoptar la tecnología y cuáles quedan fuera.

Si la IA permite que las empresas más grandes aumenten mucho más rápidamente su productividad mientras las pequeñas carecen de datos, talento, infraestructura o capital para utilizarla, también puede aumentar la concentración empresarial.

Cuerpo mencionó explícitamente ese riesgo. Igual que habló de destrucción de empleo, dificultades para los jóvenes que entran en el mercado laboral, pérdida de control sobre infraestructuras críticas, ciberdelincuencia, desinformación y dependencia tecnológica.

El pacto, de momento, es una dirección política. No conocemos todavía sus medidas concretas, ni qué cambios laborales o fiscales contempla, ni cómo pretende abordar el Gobierno el reparto de las ganancias de productividad.

Precisamente por eso habrá que seguirlo de cerca. Porque una cosa quedó bastante clara en Santander: las decisiones que rodean a la inteligencia artificial empiezan a salirse de los departamentos de tecnología.

Van a entrar en recursos humanos, operaciones, finanzas, estrategia, fiscalidad, regulación, energía e inversión. Y probablemente también en los consejos de administración.

Después de tres días hablando con empresas, Administración e industria, esa es la principal conclusión que me traje de Santander. La conversación sobre IA está madurando.

Ya sabemos que los modelos son capaces de hacer cosas extraordinarias. Ahora empieza la parte económicamente importante: decidir cómo integramos esas capacidades en empresas e instituciones, qué infraestructura queremos controlar y cómo repartimos el valor que produzcan.

Santander40 terminó poniendo encima de la mesa una propuesta política para responder a esas preguntas.

Ahora habrá que ver qué contiene realmente ese pacto cuando empiece a escribirse.

Deja un comentario:

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Total
0
Share