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© 2025. Hernán Rodríguez

El nuevo sistema operativo de la atención

Netflix, Warner y el nuevo sistema operativo de la atención

Lo confieso: al ver el titular “Netflix Just Bought Hollywood” pensé que era otra exageración más del clickbait. Luego empecé a leer los detalles del acuerdo con Warner Bros. Discovery, las cifras de deuda, las reacciones de analistas financieros, y me di cuenta de que el titular se quedaba corto.

Aquí no estamos viendo solo a una plataforma de streaming comprando un estudio histórico. Estamos viendo cómo una empresa que nació enviando DVDs por correo intenta convertirse en el sistema operativo que decide qué vemos, cuánto tiempo y en qué condiciones.

Y eso, en un mundo donde la atención es el recurso escaso, es mucho más grande que “otra fusión en Hollywood”.

La forma más interesante de analizar esta operación no es el típico Excel con múltiplos de EBITDA, sinergias y recortes de costes, sino el cambio de modelo que se produce cuando un siglo de propiedad intelectual pasa de un entorno programado por humanos a un sistema global de recomendación gobernado por algoritmos.

Dicho en sencillo: no es lo mismo tener las películas de Harry Potter que tener las películas de Harry Potter enchufadas a una máquina que mide millones de señales de comportamiento por minuto y reorganiza, a tiempo real, qué ve la gente en 190 países.

De la parrilla al grafo de comportamiento

Warner ha vivido durante décadas en un marco mental de “programación”: canales lineales, ventanas de explotación, parrillas, estrenos de domingo. HBO construyó su prestigio sobre la idea de la escasez: pocas series, pocos huecos, mucho filtro editorial.

Netflix, en cambio, vive en un modelo de abundancia gobernada por datos. Miles de test simultáneos, portadas que cambian según el usuario, orden dinámico de filas, trailers que no son trailers, sino experimentos de conversión. Detrás de la interfaz hay una especie de grafo gigantesco que relaciona títulos, comportamientos y contextos.

Cuando conectas ese grafo con la biblioteca de Warner, ocurren dos cosas a la vez.

La primera es cuantitativa. Pequeños cambios de consumo, del estilo “cada usuario ve cuatro minutos más al mes de contenidos de Warner”, se convierten, a escala Netflix, en miles de millones de minutos adicionales al año. Y cada minuto extra es un poquito menos de riesgo de cancelación, un poco más de ingresos publicitarios, un poco más de capacidad para subir precios sin perder a los clientes más valiosos.

La segunda es cualitativa. El sistema aprende. Empieza a descubrir combinaciones de audiencia y contenido que en el viejo mundo de los canales ni siquiera se probaban. Lo que antes era un catálogo “clásico”, de fondo, puede convertirse en una fábrica constante de micro-hits para nichos dispersos en todo el planeta.

La compra de Warner no es solo comprar IP. Es meter esa IP en una centrifugadora algorítmica.

El conflicto HBO: escasez contra volumen

Hay un punto especialmente delicado, que en muchas coberturas se menciona de pasada: qué pasa con HBO.

HBO construyó una marca basada en la idea de que “si está aquí, merece tu tiempo”. Una especie de sello de calidad con muy pocos estrenos, mucho esfuerzo creativo y un ritmo casi artesanal. Netflix, por el contrario, ha jugado históricamente a lo contrario: muchos títulos, muchos estilos, múltiples puertas de entrada para que casi cualquier persona encuentre “algo que ver ahora mismo”.

Estas dos lógicas chocan.

Si Netflix decide proteger HBO como una isla de prestigio, corre el riesgo de desaprovechar parte del potencial algorítmico y de integración en su grafo de contenidos. Si decide disolver HBO en el océano de recomendaciones, se arriesga a diluir la marca que da sentido a buena parte del precio que está pagando.

Hay una tercera opción, más interesante. Usar HBO como laboratorio de nuevas formas de narrar, diseñadas explícitamente para un entorno dominado por datos: temporadas más cortas con mayor densidad, formatos que crucen ficción, documental e interactivo, narrativas ajustadas en base a patrones de comportamiento reales, no a intuiciones de parrilla.

La pregunta es si a la cultura de Netflix le interesa de verdad tener un “departamento de R&D creativo” que no siempre optimice para el algoritmo a corto plazo.

Mientras tanto, reguladores en Estados Unidos y Europa ya han levantado la ceja. Es lógico: el acuerdo, valorado en algo más de 80.000 millones de dólares, llega en un momento en que la conversación política sobre concentración de poder mediático está en máximos, y habrá una batalla importante sobre si esto reduce la competencia en streaming, encarece precios o daña a creadores y trabajadores del sector.

Pero el punto más interesante, al menos para mí, es que una parte de la discusión sigue atrapada en indicadores del siglo pasado: cuota de mercado, número de suscriptores, porcentaje de ingresos.

La métrica relevante aquí no es el número de abonados. Es la cuota de minutos de atención de calidad que una sola plataforma controla y puede redirigir casi a voluntad.

Cuando una compañía controla una proporción creciente de esos minutos, cambia todo su poder de negociación:

  • Con los creativos, porque quien quiera impacto global tiene cada vez menos superficies reales donde conseguirlo.
  • Con los anunciantes, porque la combinación de volumen de audiencia y granularidad de datos es difícil de replicar.
  • Con fabricantes de dispositivos y operadores de telecomunicaciones, porque su aplicación se vuelve prácticamente innegociable en cualquier televisor o paquete convergente.

Eso es lo que significa, en la práctica, convertirse en el “sistema operativo del entretenimiento filmado”.

Qué tiene que ver esto con el resto de sectores

Hasta aquí, podría parecer una historia que solo interesa a Hollywood. Pero no lo es.

Si diriges un banco, una energética, una telco o una empresa industrial europea, hay al menos tres lecciones incómodas en este movimiento.

La primera: quien controla la capa de recomendación controla la demanda. Netflix no posee todas las historias del mundo, pero cada vez decide sobre qué historias se miran, en qué orden, durante cuánto tiempo. Algo muy parecido está pasando en comercio electrónico, en publicidad digital, en movilidad urbana. Si tu negocio depende de una capa de intermediación algorítmica que no controlas, tu margen de maniobra real es menor de lo que parece.

La segunda: el valor de tus activos cambia radicalmente cuando cambias el contexto donde viven. La biblioteca de Warner estaba inframonetizada no porque sus contenidos hubieran dejado de importar, sino porque vivían dentro de un modelo de distribución que no podía explotar toda su demanda potencial. Ese patrón se repite en muchas empresas llenas de datos, patentes o know-how que funcionan con lógicas del siglo XX.

La tercera: la conversación sobre regulación se queda corta si solo mira empresas y no mira “stacks”. Podemos fragmentar, limitar o condicionar plataformas concretas, pero si no entendemos que lo que se está consolidando es una arquitectura completa de datos, algoritmos, interfaces y contenidos, llegaremos tarde a cada movimiento.

Y aquí Europa vuelve a entrar en escena, pero como paisaje, no como protagonista.

Europa, otra vez como mercado y no como plataforma

Desde el punto de vista europeo, el acuerdo refuerza una tendencia que llevamos años viendo en otros ámbitos: la consolidación de capas críticas de la economía digital en manos de muy pocos actores no europeos.

No hablo solo de servidores o nube, sino de algo más sutil: quién decide qué relatos se vuelven globales y cómo se financia la producción cultural que los sostiene.

La ironía es que Europa suele estar muy activa en la parte regulatoria, intentando corregir desequilibrios a posteriori, pero casi ausente en la construcción de alternativas que compitan en la capa donde de verdad se captura el valor. En este caso, la capa de recomendación y distribución global de contenidos premium.

Podemos exigir cuotas de producción local, transparencia algorítmica o condiciones laborales más dignas, y probablemente será necesario. Pero si no hay un proyecto propio de “stack de atención” europeo, estaremos siempre negociando desde una posición subordinada.

¿Queremos un solo sistema operativo de la atención?

No tengo una respuesta cerrada sobre si esta operación es “buena” o “mala”. Me preocupa, eso sí, la idea de que pequeñas decisiones de diseño y ranking en muy pocas plataformas acaben definiendo qué historias existen, cuáles desaparecen y qué tipo de creatividad se hace viable.

También me llama la atención que, mientras discutimos si hay o no burbuja en la IA, el movimiento realmente estratégico esté ocurriendo en otra capa: en cómo se organizan los minutos de nuestra atención a escala planetaria.

La pregunta que me queda dando vueltas es sencilla de formular y difícil de responder:
¿estamos cómodos viviendo en un mundo con uno o dos sistemas operativos de la atención, o deberíamos empezar a pensar seriamente en arquitecturas alternativas antes de que sea demasiado tarde?

Yo, al menos, tengo claro que esta compra no va de “más series” en el catálogo, sino de quién mueve las fichas en el tablero donde todos los demás jugamos.

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