Ramón Llull o cuando la IA empezó sin electricidad
Ayer leí un post de Barbara Serrano en LinkedIn y me quedé con esa sensación incómoda que aparece cuando descubres algo importante que, en el fondo, ya deberías haber sabido. No era solo la historia en sí, era darme cuenta de que durante años he hablado de inteligencia artificial, de automatizar el pensamiento, de sistemas que ayudan a razonar, sin tener la menor idea de que parte de esa conversación empezó en el siglo XIII y, además, en el Mediterráneo.
Ramón Llull no es un nombre que aparezca en las presentaciones de OpenAI, ni en los decks de venture capital, ni en los debates habituales sobre regulación europea de la IA. Y sin embargo, cuando rascas un poco, cuesta no pensar que buena parte de lo que hoy llamamos “inteligencia artificial simbólica” estaba ya, en forma embrionaria, en su trabajo.
No como anécdota erudita, sino como ambición intelectual seria.
Un cambio de plano necesario
Llull nació en Mallorca en 1232, en un mundo que solemos describir como oscuro, pre-científico y dominado por la fe. Esa caricatura es cómoda, pero falsa. El Mediterráneo del siglo XIII era un espacio de intercambio intenso entre culturas cristianas, musulmanas y judías. Matemáticas, lógica, filosofía y ciencia circulaban mucho más de lo que nos gusta admitir cuando contamos la historia como una línea recta que va de Grecia al Renacimiento y de ahí a Silicon Valley.
Llull vivió en ese cruce. Y su obsesión no era menor: quería encontrar un método universal para demostrar verdades, especialmente las religiosas, sin depender de la autoridad, de la retórica o de la fe ciega. Quería un sistema. Una máquina conceptual.
Aquí aparece la idea clave que me parece fascinante: Llull no intentaba que las máquinas pensaran como humanos. Intentaba que el pensamiento humano se volviera mecánico, combinatorio, reproducible.
El “Arte” como tecnología
Su gran proyecto fue el “Ars Magna”, el Arte. Un sistema formal basado en conceptos básicos, atributos, principios, que podían combinarse entre sí siguiendo reglas claras. Para hacerlo operativo, diseñó dispositivos físicos: discos giratorios, tablas, diagramas. Cada giro producía nuevas combinaciones de conceptos y, con ellas, nuevas proposiciones.
No era poesía. Era método.
Si lo miramos con ojos actuales, Llull estaba creando un sistema de generación de conocimiento basado en combinatoria. Un espacio de estados conceptuales. Un motor que, dado un conjunto finito de elementos, podía producir un número enorme de configuraciones posibles.
No es un LLM. No hay estadística ni probabilidad. Pero sí hay algo profundamente moderno: la idea de que pensar puede formalizarse y, por tanto, escalarse.
Cuando hoy hablamos de “automatizar el razonamiento”, solemos pensar que es una herejía contemporánea. Llull lo planteó hace más de siete siglos, en un contexto infinitamente más hostil a esa idea.
Viajar para discutir con máquinas en la cabeza
Otra cosa que me llama la atención es su vida. Llull no fue un monje encerrado en una celda diseñando abstracciones. Fue un viajero obsesivo. Cruzó el Mediterráneo una y otra vez. París, Roma, Génova, el norte de África. Se metió en debates públicos con musulmanes y judíos, defendiendo que su método era superior porque no dependía de la fe previa, sino de la razón estructurada.
Hay algo casi trágico en esto. Llull creía que, si lograba formalizar el conocimiento, el mundo podría ponerse de acuerdo. Que la verdad, bien expresada, era irresistible. Es una fe enorme en la razón y en la técnica.
Y también una advertencia para nosotros.
Porque hoy seguimos creyendo, a veces de forma ingenua, que mejores modelos, mejores datos o mejores algoritmos producirán consenso, claridad o incluso justicia. Llull ya pensaba así. Y la historia no le dio la razón.
La incomodidad que solemos ignorar
Hay una tensión interesante que muchas veces se pasa por alto cuando se habla de Llull como precursor de la IA. Su objetivo no era la neutralidad. Su sistema tenía una finalidad clara: demostrar la verdad del cristianismo y convertir al otro.
La máquina no era objetiva. Era un instrumento al servicio de una cosmovisión.
Aquí es donde el paralelismo con la IA actual se vuelve incómodo. Porque también hoy hablamos de modelos “generales”, “neutrales”, “objetivos”, cuando en realidad están entrenados, diseñados y desplegados desde marcos culturales, económicos y políticos muy concretos.
Llull no ocultaba esto. Nosotros sí tendemos a hacerlo.
De Llull a Leibniz, y de ahí a nosotros
No es casualidad que Leibniz, uno de los padres de la lógica moderna y del pensamiento computacional, citara explícitamente a Llull. La idea de un “calculus ratiocinator”, un cálculo del razonamiento, tiene raíces claras en ese Arte combinatoria medieval.
Cuando hoy decimos que «la IA no es nueva», solemos remontarnos a los años 50. A Turing, a Dartmouth, a esa genealogía ya bastante conocida, por cierto, hace un par de días Jordi Marca, buen amigo y lector atento, me recomendó A Brief History of Artificial Intelligence, un libro que ordena muy bien ese relato y que es una auténtica maravilla.
Pero si ampliamos el foco, lo que aparece es otra cosa distinta: un deseo recurrente, casi obsesivo, de externalizar el pensamiento, de convertirlo en sistema, de hacerlo manipulable.
Llull es una de las primeras personas que intentó hacerlo de forma sistemática. Y fracasó, al menos en sus propios términos.
Eso también importa.
Qué significa esto para nosotros
Para quienes hoy toman decisiones sobre IA en empresas, gobiernos o instituciones, la historia de Llull ofrece varias lecciones incómodas.
La primera es que la idea de “máquinas que ayudan a pensar” no es nueva ni inocente. Siempre ha estado ligada a proyectos de poder, de verdad, de control del discurso.
La segunda es que formalizar el pensamiento no elimina el conflicto humano. Llull pensaba que sí. Nosotros seguimos coqueteando con esa fantasía cuando hablamos de “decisiones basadas en datos” como si los datos no estuvieran condicionados por cómo y para qué se recogen.
Y la tercera, quizá la más inquietante, es que llevamos siglos intentando lo mismo con herramientas cada vez más potentes, pero con dilemas sorprendentemente similares.
¿Hasta dónde queremos delegar el pensamiento?
¿Quién define los conceptos básicos que la máquina combina?
¿Y qué pasa cuando el sistema genera respuestas que no nos gustan?
Mirar atrás para pensar mejor hacia delante
Descubrir a Ramón Llull no me ha hecho pensar que la IA actual sea menos impresionante. Al contrario. Me ha hecho verla como parte de una historia mucho más larga, más humana y más contradictoria de lo que solemos admitir.
Quizá el problema no es que Silicon Valley haya llegado tarde a la conversación. Quizá es que nosotros damos por nuevas ideas muy antiguas solo porque hoy, gracias a la potencia computacional, por fin producen resultados visibles.
Y ahí es donde, siete siglos después, Llull sigue teniendo algo que decirnos, aunque ya no gire discos de madera, sino preguntas que preferiríamos no hacernos.
PD: Sobre el talento intelectual y científico que tuvimos y seguimos teniendo en Europa, y sobre por qué tendemos a olvidarlo y a descuidarlo cuando hablamos de tecnología, hablaremos pronto.
